Un poco de aire fresco
Era un día tan caluroso que hasta las usualmente ruidosas chicharras guardaban silencio, como si evitaran el agotamiento. El sol del mediodía caía a plomo, y sus rayos ardían como agujas sobre la pampa bonaerense. No era el primer día sofocante de aquel verano interminable; hacía semanas que el calor reinaba sin tregua, y cualquier sombra se convertía en un refugio preciado. El paisano, un baqueano curtido en aquellos parajes, sabía bien que no era sensato enfrentar el sol de lleno a esas horas. Había buscado cobijo en una arboleda, cuyo frescor era un alivio en aquel océano de fuego. Recostado contra el tronco de un árbol, descansaba con los ojos entrecerrados, disfrutando la tranquilidad que ofrecía el lugar. Un ruido en el camino interrumpió su descanso. Se enderezó despacio y entreabrió un ojo. Un auto, detenido a la orilla del camino, parecía fuera de lugar en aquel paisaje agreste. De él descendió un hombre de traje, claramente citadino, porque nadie en su sano juicio vestiría as...