La última conversación
En ciertas noches de insomnio, cuando el mundo se aquieta y todo se convierte en un murmullo remoto, suelo entablar largas conversaciones conmigo mismo. No con mi reflejo en el espejo, ni con mi sombra, sino con ese otro yo que habita dentro de nuestro pensamiento; ese diálogo interminable, esa suerte de confesión entre dos mitades de uno mismo. Recuerdo que en mi juventud muchas cosas me parecían urgentes, imprescindibles, definitivas. Cada asunto se alzaba como un obstáculo a sortear, cada agravio era un abismo insondable. Sin embargo, el tiempo, que todo lo desgasta y lo suaviza, ha ido borrando los contornos de aquellas preocupaciones. Lo que ayer me pareció insoportable, hoy es un eco difuso. Y si extiendo la mirada más allá de mi propia experiencia personal, noto que esto no es una peculiaridad mía, sino una ley inexorable: todo va a desaparecer, y hasta de las situaciones más horrendas alguien terminará haciendo una comedia. De vez en cuando me detengo a observar libros o docume...