La medusa y el tiburón: El encuentro
En el abismo, donde la luz dejó de tener sentido, el océano ya no es agua, es tiempo líquido. Ahí abajo no hay colores, no hay cielo, no hay superficie; solo una oscuridad tan antigua que parece anterior incluso a las estrellas. A ochocientos metros bajo el hielo de Groenlandia, el mundo respira despacio, y en esa respiración pasan cosas que jamás fueron vistas. Dos formas de existencia avanzan una hacia la otra, aunque ninguna sabe realmente lo que significa “ir hacia”. No son individuos, son modos distintos en los que el océano se piensa a sí mismo. La medusa no conoce el peso, no conoce la separación entre cuerpo y entorno. El agua entra en ella, sale de ella, vibra a través de ella. Su existencia no es sólida, es una ondulación. Cada pulsación de su campana es menos un movimiento que una pregunta silenciosa lanzada al mundo: ¿qué está cambiando? Y el océano responde. Una diferencia mínima de presión. El temblor eléctrico de un organismo distante. La sombra térmica de una co...