El círculo completo
El despertador suena. No es un llamado al deber, sino un pulso en la inmensidad. Quien abre los ojos no se levanta para conquistar un día, sino para presenciar una forma. No hay nada que lograr. Ninguna cumbre, ninguna deuda con el universo. El aire entra en los pulmones con la misma indiferencia con la que el viento cruza un desierto y pasa sobre una piedra. Nadie observa desde arriba. Nadie pesa las horas. Afuera, el mundo repite su coreografía. Millones de seres realizan gestos antiguos: el café, el camino, la espera, el sueño. En la escala del tiempo infinito, todas esas vidas son una sola vida; todas esas penas, la misma gota regresando al mar. Las diferencias —un nombre, un oficio, un rostro— son apenas destellos sobre el agua. Brillan un momento y desaparecen sin alterar la profundidad. Qué alivio comprender que nada puede ser dañado. No hay núcleo sagrado que proteger, solo el fluir de lo que es. Si el tiempo es un círculo que se cierra sobre sí mismo, el error desaparece. No h...