¿Qué tienen en común un adolescente que se identifica como un lobo (therian), un adulto que sostiene que la Tierra es plana y un video viral sobre una conspiración reptiliana? Todos disparan la misma reacción inmediata:
“Internet nos está embruteciendo. La gente se está volviendo más estúpida”.
Pero, ¿y si no estamos presenciando un deterioro del pensamiento humano, sino su exposición?
Si rascamos la superficie, estos fenómenos no son anomalías de nuestra época, sino expresiones amplificadas de tendencias cognitivas que siempre estuvieron ahí.
La hipótesis es simple y provocadora:
Internet no volvió irracional a la humanidad.
Eliminó los filtros que durante siglos ocultaron cómo piensa el promedio humano.
Durante décadas vivimos bajo la ilusión de que la humanidad era mayoritariamente racional. Tal vez esa ilusión provenía de algo más simple: solo escuchábamos a quienes podían publicar.
El cerebro que tenemos no fue diseñado para la verdad
Tomemos el caso de los therians. Más allá del juicio cultural que se haga, el fenómeno puede leerse como una búsqueda intensa de identidad y pertenencia. Y eso no es nuevo.
La psicología evolutiva sugiere algo incómodo: el cerebro humano no evolucionó primordialmente para buscar la verdad objetiva, sino para sobrevivir. El cerebro equilibra múltiples funciones: mientras desarrolló capacidades sofisticadas para el razonamiento causal, también conserva atajos mentales orientados a la supervivencia social que no siempre convergen con la precisión empírica.
Para eso desarrolló atajos mentales que hoy llamamos sesgos:
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Sesgo de confirmación
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Pensamiento teleológico (“todo pasa por algo”)
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Detección hiperactiva de agencia (ver intenciones donde hay azar)
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Necesidad de pertenencia tribal
Estas tendencias no son fallas del sistema. Son el sistema.
No es casual que culturas completamente separadas inventaran espíritus, maldiciones, presagios y narrativas sobrenaturales. No eran errores aislados: eran formas de dar sentido al mundo con las herramientas cognitivas disponibles.
Nuestro cerebro tiene unos 200.000 años.
La ciencia formal, apenas unos pocos siglos.
La ilusión de la sociedad ilustrada
Durante la mayor parte de la historia, el conocimiento que sobrevivía era el que pasaba por el filtro de la escritura.
Eso generó una distorsión histórica: lo que leemos del pasado proviene casi exclusivamente de una minoría alfabetizada. Filósofos, científicos, teólogos, intelectuales.
La enorme mayoría no dejó registro escrito de cómo pensaba.
No porque fuera incapaz de razonar, sino porque el sistema social no archivaba su cognición cotidiana. Sus creencias circulaban en forma oral, local, efímera.
Si alguien en un pueblo medieval veía un cometa y lo interpretaba como un presagio, esa idea quedaba en la taberna.
Hoy, esa misma interpretación puede convertirse en un video con millones de vistas en horas.
No necesariamente cambió la mente humana. Cambió la escala de difusión.
Por primera vez en la historia, el pensamiento cotidiano del promedio humano queda documentado y amplificado globalmente.
De los editores a los algoritmos
En el siglo XX existían barreras estructurales para la propagación de ideas:
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Publicar costaba dinero
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Requería validación institucional
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Existían editores
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La reputación importaba
No era un sistema perfecto (también censuró verdades incómodas, excluyó voces marginalizadas, amplificó propaganda colonial, negacionismo, etc), pero producía un efecto claro: privilegiaba la información estructurada y relativamente verificada.
Internet eliminó ese filtro y lo reemplazó por otro:
- Publicar cuesta cero
- No hay validación previa
El algoritmo no prioriza lo verdadero. Prioriza lo que captura atención.
Y lo que captura atención coincide con nuestras predisposiciones cognitivas: peligro, identidad, conflicto, narrativa simple, emoción intensa.
No porque seamos más primitivos que antes, sino porque esos mecanismos siempre fueron centrales en nuestra arquitectura mental.
La tecnología no creó el pensamiento mágico. Lo optimizó para escalar.
Alta tecnología, cognición ancestral
Aquí aparece la paradoja central: vivimos en la era más tecnológicamente sofisticada de la historia, pero psicológicamente seguimos operando con un cerebro diseñado para la aldea.
Antes de la imprenta, la verdad circulaba de forma social:
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Rumores
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Relatos emocionales
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Autoridad basada en carisma
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Repetición como validación
La imprenta abrió un paréntesis de unos 500 años donde la producción de conocimiento quedó relativamente centralizada y estructurada. Eso generó la sensación de que la racionalidad era el modo dominante de la especie.
Internet está cerrando ese paréntesis.
Las redes sociales se parecen más a la plaza del mercado medieval que a una biblioteca.
Un influencer carismático puede ocupar el lugar simbólico que antes tenía el líder tribal. Las cámaras de eco funcionan como aldeas digitales donde la pertenencia importa más que la verificación.
Los therians, los conspiracionistas o los terraplanistas no son mutaciones contemporáneas. Son expresiones modernas de necesidades psicológicas antiguas: identidad, control, pertenencia, sentido.
¿Decadencia o democracia cognitiva?
Tal vez el diagnóstico más incómodo sea este:
La hipercomunicación no degradó el pensamiento humano; reveló su distribución real.
La racionalidad analítica nunca fue el modo dominante en la vida cotidiana de la especie. Siempre fue una herramienta especializada, cultivada por minorías organizadas.
Lo que hoy vemos no es el colapso de la razón, sino la coexistencia visible entre dos sistemas:
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Un pensamiento rápido, intuitivo, social y simbólico
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Un pensamiento lento, analítico y científico
Ambos siempre estuvieron ahí.
Ahora ambos tienen micrófono.
El desafío real
Si esto es correcto, entonces el problema no es “educar a los estúpidos”. Porque no se trata de estupidez. Se trata de naturaleza humana operando sin filtros históricos.
El desafío es más complejo:
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Diseñar entornos digitales que no premien exclusivamente la activación emocional
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Fortalecer la educación en pensamiento crítico
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Entender que la racionalidad requiere entrenamiento y contexto institucional
La pregunta ya no es si internet nos está volviendo irracionales, la pregunta es si podremos adaptar un cerebro de la Edad de Piedra a un ecosistema informativo infinito.
No enfrentamos necesariamente una amenaza civilizatoria ni una democracia cognitiva que promedia a menos: enfrentamos la realidad de que la racionalidad siempre fue una minoría estratégica, nunca una mayoría natural. Reconocerlo es el primer paso. Imaginar qué sigue, el segundo.

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