Argentina vs. Egipto: La epifanía

Martes 7 de julio.
El día en que la verdad universal me fue revelada.

Argentina vs. Egipto. 14:00 horas.

"¡Hoy juega Argentina, hoy juega Argentina!", grita la gente por todos lados, completamente enloquecida.
Y a mí qué carajo me importa. A mí no me gusta el fútbol.

No soy hincha de ningún equipo. No sigo el campeonato local. No sigo ligas. No sé cuándo juega la Selección. Ni siquiera vi el Mundial pasado.
De hecho, tampoco vi la final.

No entiendo esa euforia colectiva.
Siempre me pareció una alegría artificial, medio prestada. Personas celebrando los logros de otros. Jugadores millonarios, ajenos a la realidad de los demás, que son elevados a la categoría de héroes simplemente porque nacieron con una habilidad extraordinaria para patear una pelota. 

Los festejos me parecen algo tribal, primitivo. Una especie de ritual heredado de las cavernas, donde un grupo se identifica con el color de una camiseta. Son gritos de guerra más que celebraciones.

Nunca entendí el atractivo, pero claro… uno vive en sociedad.
Todo el mundo habla del partido. En la oficina hablan del partido. En los grupos de WhatsApp hablan del partido. En la verdulería hablan del partido.
¡Donde mirés hablan del partido!

Llega un momento en que, para no quedar como un desconectado del resto de la humanidad, uno termina mirando.
Así que, por una vez, decidí poner Argentina vs. Egipto.

El partido arranca. Egipto mueve bien la pelota, por ahí, demasiado bien.
Tienen un dominio insultante. La pelota pasa más tiempo en nuestro lado de la cancha que en el de ellos. 

A los 15 minutos, un golpe bajo: gol de Egipto. ¡Carajo!
Se sintió como un puñal.
Y yo acá, en el sofá, retorciéndome.
Ya me estaba arrepintiendo, pero Argentina reacciona, entonces, una jugada en su área y… penal… ¡¡PENAL PARA ARGENTINA!!

Lo patea Messi. "Listooo, ya lo empatamooo", pensé.
¡Pero no! el enano ese lo patea como una masita y se lo atajan.
¡DALE MESSI, LA CONCHA DE TU MADRE!. 

Un rato después nos hacen el segundo… “casi” porque, por suerte, lo anulan.
Vuelvo a respirar.

Y un rato después, ahí… nos hacen el segundo.
¡Se van todos a la mierda!
No sé para qué estoy sufriendo.

Apagué el televisor, me levanté del sofá y me fui a la terraza a tomar sol. 


Pasaron unos diez minutos y entonces… un rugido.
No venía de un solo lugar, venía de todas partes.
Un grito gigantesco que se elevó en el aire.

Estaba claro, no necesité mirar.
Lo supe inmediatamente: ¡Gol de Argentina!

Sonreí apenas un poco. “Todavía hay partido”, pensé desinteresadamente.

Cinco minutos después… ¡otro grito!
¿2 a 2?
Todo es posible. Ahora sí se pone bueno…

Y menos de diez minutos más después, un estallido. El estruendo definitivo.
La ciudad entera explota en un único grito: ¡¡3 a 2!!

¡VAMOS ARGENTINA CARAJO!
¡VAMO, VAMOOO ARGENTINAAA!

Se acababa de dar vuelta un partido que parecía perdido... y fue ahí, exactamente en ese momento, cuando tuve la epifanía.
Fue una revelación.

Mientras yo veía el partido Argentina perdía 2 a 0.
Dejé de verlo y en menos de veinte minutos hizo tres goles.
Los datos eran concluyentes. La correlación era absoluta.

Una luz invadió todo mi ser. La pieza del rompecabezas que faltaba para comprender cuál es el sentido de mi vida, cuál es mi lugar en el mundo.

Mientras millones de personas creen que ayudan gritando frente al televisor, usando la misma camiseta o sentándose siempre en el mismo sillón, el verdadero trabajo lo hago yo, en silencio, desde las sombras.

Soy el héroe anónimo, la eminencia gris que mueve los hilos del destino. El hombre que jamás aparecerá en los libros de historia pero es artífice del verdadero milagro.

Ignoro si el fenómeno responde a principios cuánticos, a una extraña propiedad del espacio-tiempo, al designio de los dioses o simplemente a una fuerza que la ciencia todavía no puede describir. Lo único que sé es que de mí depende no alterar este delicado equilibrio de las leyes universales.

No levanto la Copa, no hago goles. Ni siquiera miro los partidos, pero cuando apago el televisor… Argentina gana!

Ese es mi propósito en la vida.
Yo no estoy destinado a "ver jugar a la Selección"… estoy destinado a “no verla”.

Esa es la cábala entre todas las cábalas, la que cambia todo.


Pero ojo, yo no soy supersticioso, soy un tipo racional, ¿eh?, medido y equilibrado.
De hecho… a mí ni me gusta el fútbol…


Entradas populares de este blog

El umbral de la riqueza

La medusa y el tiburón: El encuentro

El círculo completo