Oro por espejitos digitales: cuando la libertad se convierte en el producto
Durante las primeras décadas de la vida digital hemos asistido a algo extraordinario: herramientas que antes parecían imposibles se volvieron gratuitas, instantáneas y ubicuas.
Podemos comunicarnos con alguien al otro lado del planeta, orientarnos en una ciudad desconocida, almacenar miles de fotografías, acceder a bibliotecas enteras, aprender casi cualquier cosa y relacionarnos con personas que jamás conoceríamos físicamente.
Y, en apariencia, muchas veces no pagamos nada.
Pero quizá esa sea precisamente la ilusión más interesante de la economía digital.
Porque si no pagamos con dinero, ¿con qué estamos pagando?
La respuesta habitual es: con nuestros datos.
Pero creo que esa respuesta se queda corta.
Estamos pagando también con nuestra **atención**. Y, en determinados casos, con algo todavía más valioso: nuestra capacidad de decidir libremente dónde ponerla.
## Los espejitos de colores
Existe una conocida historia según la cual los conquistadores europeos habrían obtenido oro de los pueblos originarios a cambio de objetos de escaso valor, como espejitos de colores.
La historia es, en buena medida, una simplificación y una construcción posterior. Además, utilizarla sin cuidado puede reproducir una representación injustamente paternalista de los pueblos originarios como ingenuos incapaces de reconocer el valor de aquello que poseían.
Pero la metáfora contiene una idea poderosa si la formulamos de otra manera.
**El problema no es que los espejitos no tuvieran valor.**
Seguramente lo tenían.
El problema era la **asimetría del intercambio**.
Algo podía ser valioso para quien lo recibía y, al mismo tiempo, existir una enorme diferencia entre el valor que cada parte atribuía a aquello que intercambiaba.
Más importante todavía: una de las partes podía conocer mucho mejor que la otra las verdaderas condiciones del intercambio.
Y ahí aparece la analogía con nuestra época.
Las plataformas digitales no nos ofrecen cosas inútiles.
Nos ofrecen productos extraordinariamente valiosos.
Google Maps es útil.
WhatsApp es útil.
Instagram puede ser divertido.
YouTube contiene una cantidad extraordinaria de conocimiento.
Las redes sociales permiten mantener vínculos con personas que están a miles de kilómetros.
No son espejitos porque carezcan de valor.
Son espejitos porque **el valor que percibimos de lo que recibimos puede ocultar el valor de aquello que estamos entregando.**
## El verdadero producto no son los datos
Durante años hemos escuchado que «si el servicio es gratuito, el producto eres tú».
Es una frase atractiva, pero tampoco termina de explicar el fenómeno.
Los datos son importantes. Permiten conocer comportamientos, intereses, relaciones, hábitos y preferencias. Pueden alimentar sistemas publicitarios, algoritmos y modelos de inteligencia artificial.
Pero existe algo que quizá sea todavía más escaso que los datos.
**Nuestra atención.**
Un dato puede almacenarse indefinidamente.
La atención, en cambio, desaparece en el momento en que la utilizamos.
Tenemos una cantidad limitada de horas cada día. Y cada minuto que dedicamos a una cosa es un minuto que necesariamente dejamos de dedicar a otra.
Por eso la batalla por nuestra atención no es una metáfora.
Es una competencia por uno de los recursos más limitados de nuestra vida.
## La economía de la atención
Las plataformas tienen un incentivo económico muy concreto: conseguir que permanezcamos dentro de ellas.
Cuanto más tiempo pasamos en una plataforma, más oportunidades existen de mostrarnos publicidad, recoger señales sobre nuestro comportamiento, generar interacciones o aumentar el valor económico del ecosistema.
Y aquí aparece algo especialmente interesante.
Una plataforma no necesita obligarnos a permanecer.
Le basta con conseguir que **queramos permanecer**.
Para ello existen mecanismos de diseño que explotan características conocidas de nuestra psicología: notificaciones, recompensas variables, desplazamiento infinito, reproducción automática, recomendaciones personalizadas, indicadores de aprobación social y otros sistemas destinados a reducir la fricción entre una interacción y la siguiente.
El resultado puede ser perfectamente paradójico.
Entramos voluntariamente.
Y después nos cuesta voluntariamente salir.
## ¿Dónde termina la persuasión y empieza la manipulación?
Esta es una pregunta mucho más difícil de lo que parece.
Toda tecnología persuasiva.
Un periódico utiliza titulares.
Una tienda coloca determinados productos a la altura de los ojos.
Un supermercado pone caramelos junto a la caja.
Un restaurante diseña cuidadosamente su menú.
Nada de esto significa necesariamente manipulación.
El problema aparece cuando el diseño deja de limitarse a facilitar una decisión y comienza a **explotar deliberadamente nuestras vulnerabilidades para dificultar que hagamos otra cosa**.
La diferencia puede parecer pequeña, pero filosóficamente es enorme.
Una cosa es decir:
> «Aquí tienes algo que quizá te interese».
Otra muy distinta es construir un sistema que aprenda qué estímulos consiguen mantenerte conectado y los utilice sistemáticamente para aumentar la probabilidad de que continúes allí.
En el primer caso se intenta persuadirte.
En el segundo, se intenta optimizar tu conducta.
Y cuanto más sofisticado se vuelve ese sistema, menos evidente resulta la frontera.
## El engaño perfecto
Hay una frase que resume, para mí, el problema:
**La mayor virtud de quien engaña es no ser descubierto nunca por el engañado.**
Porque el engaño más eficaz no es necesariamente aquel que consigue que alguien crea una mentira evidente.
Es aquel que consigue que la persona interprete como propia una decisión que ha sido cuidadosamente inducida.
Incluso puede existir una mentira explícita.
Una empresa puede decirnos que determinada funcionalidad existe para «mejorar nuestra experiencia», cuando también tiene como objetivo aumentar nuestra permanencia.
Ambas cosas pueden ser ciertas.
Y, sin embargo, la primera afirmación puede ocultar deliberadamente la segunda.
Ahí aparece una forma especialmente sofisticada de engaño: **no necesariamente mentir sobre lo que recibimos, sino ocultar aquello que hacemos posible para quien nos lo ofrece.**
## Consentimos, pero ¿comprendemos?
Aquí aparece el gran ritual de la economía digital: los términos y condiciones.
Aceptamos.
Hacemos clic.
Continuamos.
Formalmente hemos elegido.
Pero ¿qué significa elegir cuando una persona no puede comprender razonablemente qué está aceptando?
Y más aún: ¿qué significa elegir cuando la alternativa tiene un coste enorme?
Podemos abandonar Google.
Podemos dejar Facebook.
Podemos eliminar Instagram.
Podemos no utilizar determinadas aplicaciones.
En teoría, somos libres.
Pero nuestra vida profesional, nuestras relaciones, nuestros contactos, nuestros archivos y nuestras oportunidades pueden depender parcialmente de esos mismos sistemas.
Por eso quizá la pregunta correcta no sea:
**«¿Puedes irte?»**
sino:
**«¿Cuánto te cuesta irte?»**
La diferencia es enorme.
Una puerta abierta no significa necesariamente que escapar sea fácil.
## La coerción sin una pistola
Aquí llegamos a una idea incómoda.
Durante mucho tiempo hemos asociado la dominación con la fuerza física.
Alguien te obliga.
Alguien te amenaza.
Alguien te prohíbe.
Pero existen formas de poder mucho más sofisticadas.
No necesitan decirte:
> «Haz esto».
Pueden conseguir que quieras hacerlo.
No necesitan impedirte salir.
Pueden hacer que salir resulte suficientemente costoso como para que permanezcas.
No necesitan controlar directamente tus pensamientos.
Pueden controlar una parte creciente del entorno informativo en el que esos pensamientos se forman.
Esto no significa que las Big Tech controlen nuestras mentes.
Sería una exageración.
Las personas conservamos experiencias, conocimientos, relaciones, valores y capacidad crítica.
Pero sí significa que una empresa puede adquirir una capacidad extraordinaria para influir sobre **qué vemos, qué ignoramos, qué se nos recomienda, qué recibe nuestra atención y qué se vuelve visible para nosotros**.
Y eso ya es una forma de poder.
## De los datos a la mente
Podemos imaginar entonces tres niveles de extracción.
### Primero: los datos.
Registramos búsquedas, ubicaciones, interacciones, preferencias y comportamientos.
### Después: la atención.
Los sistemas intentan convertir esos datos en capacidad para predecir qué conseguirá que sigamos mirando.
### Finalmente: la conducta.
El objetivo ya no es solamente saber qué hacemos.
Es aumentar la probabilidad de que hagamos determinadas cosas.
En este último nivel aparece la cuestión más delicada.
Porque si un sistema conoce nuestras vulnerabilidades, aprende qué estímulos nos afectan y adapta continuamente lo que nos muestra para conseguir una determinada respuesta, ya no estamos hablando simplemente de información.
Estamos hablando de **intervención sobre la conducta**.
Y cuanto más invisible sea esa intervención, más difícil resulta para el individuo defender su autonomía.
## ¿Seguimos siendo libres?
Esta es probablemente la pregunta fundamental.
Supongamos que una persona abre una red social.
Nadie la obliga.
Consulta algunos contenidos.
Nadie la obliga a continuar.
Aparece otro contenido.
Después otro.
Una notificación.
Una recompensa social.
Un vídeo especialmente atractivo.
Otra recomendación.
Y cuando finalmente abandona la aplicación han pasado cuarenta minutos.
¿Ha elegido?
Sí.
Pero la pregunta filosófica interesante es otra:
**¿En qué condiciones tomó esa decisión?**
Porque la libertad no consiste únicamente en disponer formalmente de una puerta de salida.
También depende de nuestra capacidad efectiva para deliberar, resistir impulsos y actuar de acuerdo con nuestros propios objetivos.
Una persona puede ser formalmente libre y, sin embargo, encontrarse en un entorno diseñado para explotar sistemáticamente sus debilidades.
Eso no elimina mágicamente su responsabilidad ni convierte toda utilización de una red social en sometimiento.
Pero sí puede reducir el grado de autonomía efectiva.
Y esa diferencia importa.
## La nueva forma de colonialismo
Quizá por eso la expresión «colonialismo digital» resulta tan provocadora.
No porque las Big Tech sean literalmente equivalentes a las potencias coloniales de la historia.
No hay que borrar las diferencias fundamentales entre ambos fenómenos.
Pero existe una estructura que merece ser observada:
**un pequeño número de actores concentra recursos que millones de personas producen o alimentan, mientras posee una capacidad muy superior para conocer, procesar y aprovechar esos recursos.**
Primero fueron los datos.
Después, la atención.
Y quizá ahora el verdadero territorio en disputa sea algo más profundo:
**la capacidad humana de decidir dónde poner la propia atención y qué hacer con ella.**
## El oro que no sabemos que tenemos
Quizá el gran problema de los espejitos digitales no sea que entreguemos algo que consideramos inútil.
Es exactamente lo contrario.
Podemos entregar algo extraordinariamente valioso sin conocer plenamente su valor.
Nuestros datos.
Nuestros hábitos.
Nuestras relaciones.
Nuestros gustos.
Nuestros movimientos.
Nuestra atención.
Nuestro tiempo.
Y, en última instancia, fragmentos de nuestra capacidad de decidir.
El usuario recibe algo real a cambio.
A veces recibe muchísimo.
Ese es precisamente el motivo por el que el intercambio resulta tan difícil de cuestionar.
Los espejitos eran bonitos.
Los servicios digitales también lo son.
La cuestión no es si tienen valor.
**La cuestión es quién conoce el valor de aquello que está intercambiando, quién establece las reglas, quién puede modificar esas reglas y quién tiene capacidad efectiva para abandonar el intercambio.**
Quizá la forma más sofisticada de dominación no sea aquella en la que alguien nos obliga a hacer algo.
Sea aquella en la que alguien consigue que haga
mos algo voluntariamente, mientras mantiene oculto cuánto ha contribuido a construir las condiciones de nuestra elección.
Y entonces la pregunta deja de ser:
**«¿Quién controla nuestros datos?»**
Para convertirse en otra mucho más incómoda:
**«¿Quién está aprendiendo a controlar las condiciones bajo las cuales nosotros creemos que elegimos libremente?»**